El uso que hacemos de nuestras palabras afecta a nuestra realidad más de lo que podríamos imaginar. El secreto para cambiarlo está en nuestra inteligencia emocional.

 En agosto de 2005 el huracán Katrina se llevó por delante la ciudad de Nueva Orleans, dejando más de 1.800 muertos y cientos de casas destruidas, entre ellas la de Trent Lott, entonces senador por el estado de Misisipi. Días después de la tragedia, George Bush se dirigió a la nación, tarde y sin mucho tino: “La buena noticia es, y será difícil para algunos verlo ahora —dijo el presidente de Estados Unidos—, que más allá de este caos, volveremos a hacer de esto una fantástica costa del Golfo, como era antes. De los escombros de la casa de Tent Lott, que lo ha perdido todo, surgirá una vivienda fantástica. Y estoy deseando sentarme en el porche”.

 

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